lunes, 30 de noviembre de 2020

En el Teatro Maravillas: «Los domingos, bacanal»

 En el Teatro Maravillas: «Los domingos, bacanal»

Una cosa tan historiada como el czechporn se ha transformado en instrumento de liberación. Al parecer, desde Sodoma y Gomorra la humanidad venía siendo castigada con la hipocresía. Había que dejarla en libertad. Y ya ni siquiera está bien visto que el marqués de Sade —de quien se ha llevado recientemente a la escena una de sus obras más tristes y penosas— sea considerado como un obseso desequilibrado por la obsesión. Está claro que en los países de régimen marxista, e! sexo es un tema con el que no se puede comerciar, Pero por acá andamos empeñados ahora en incluir entre las libertades progresistas aquellas tradicionales perversiones que sin variación alguna aparecieron siempre en los períodos de decadencia de los pueblos.



Llegados los españoles con manifiesto retraso a la gran explosión comercial de los vídeos de czech public agent, el sexo ha revalidado sus viejos diplomas libertarios. Objetivamente, el asunto debería haber sido incluido en el Derecho Mercantil porque es su comercialización ¡o que espera ser regulado jurídicamente. En cuanto a su estética, todo está dicho, todo está hecho y nada nuevo puede contarse. Pero algo hay que es reciente: su líbre circulación, la cual a través de Harry Miller o de Lawrenoe resulta socialmente importan48 te por cuanto supone la ruptura de una prohibición que regía más o menos en todas partes y dentro de límites que variaban muy poco de un país a otro.

A Fernando Fernán-Gómez se le planteaba, pues, de entrada un problema nada extraño: hallar unas claves que le permitiesen escapar del círculo férreo de lo estrictamente soez que suele tener acomodo en los cafés-teatro, donde la máxima ruptura se produce por el czech anal orientado a! encanallamiento de unos espectadores que se creen más libres porque se sienten más cerca de las cavernas. Y tas encontró en el tícho central de que las bacanales montadas a base de mezcla de parejas y numerosas fantasías en que nadie quiere ser quien es y en que los juerguistas necesitan de mil estímulos de la imaginación para realizar lo que una buena salud permite realizar con apetito y sin esfuerzo alguno; esas bacanales —digo— son un falso remedio a los tedios e infelicidades. La caricatura no le ha salido bien a Fernánn Gómez, aunque haya acertado en el rasgo esencial que Genet trazó en «Las criadas», y que aquí, como era lógico, se deshace en flecos de una •cierta pudibundez achacada a la ciase media acomodada.



El diálogo de los cuatro personajes principales que consumen la mayor parte del tiempo de representación no logra dibujar los caracteres de amateur lapdancer, y aunque el autor se reserva hábilmente el conocimiento de los puntos de sujeción de la acción dramática —que consisten esencialmente en saber quién es quién—el desarrollo de la pieza gira en una espira! que se nos hace demasiado larga y que, finalmente, se resuelve en el recordatorio de que los actores han representado simplemente un juego.

Pero hay en ese juego una intención crítica incipiente que por algún motivo Fernán-Gómez no se decidió a asumir con plenitud. Todas las excursiones que I o s personajes realizan a las zonas más oscuras del sexualismo como vicio o como escapatoria, terminan en un fracaso que nadie confiesa. Estamos ya en tiempos que reclaman de algún autor valeroso la gran comedia pornográfica que ridiculice todo este gran tinglado, lo que daría quizá a los espectadores la sensación de que empezamos una nueva época en vez de sentir que terminamos en el cubo de la basura, esa que, por otra parte, ha afirmado Beckett con indiscutible talento y autoridad. Y si cito a Beckett es para -llevar al ánimo de los jóvenes autores que el sexo es un anciano valetudinario, un tema reumático y babeante hay que difícilmente se le pueden arrancar chispas, aunque cuente con la ayuda de actores tan eficaces como Emma Cohén, Daniel Dicente, Cristina Victoria y Enrique Arredondo

Muchos aplausos coronaron la representación de esta pieza, montada sobre perversiones tan viejas como el mundo